El 29 de agosto de este año, sobre el ventoso desierto patagónico, una aeronave estilizada y silenciosa penetró la estratosfera a 15.453 metros de altura. Y la historia de hazañas aeronáuticas colocó un hito más en su curso.

El hecho fue la culminación de una idea que nació, como un rayo, en 1992. Einar Enevoldson, piloto de pruebas de NASA, retirado, era, en esa fecha, el jefe de pilotos de pruebas de la fábrica alemana de aeronaves Grob. En la oficina del Dr. Wolfgang Renger, físico atmosférico de DLR (el organismo alemán equivalente a NASA en USA) en Oberpfaffenhoffen, Einar vio algo intrigante: una imagen láser de una onda de montaña a 80,000 pies sobre la alta meseta de Escandinavia Norte. Una investigación posterior le indicó que este fenómeno estaba asociado con el Vórtice Polar. La imagen inmediatamente se tradujo, en su mente, en la potencial realización de una idea que lo había fascinado de hacía décadas: poder llegar a la estratosfera con un planeador.

La idea se fue convirtiendo en investigaciones técnicas, en conversaciones y seminarios con colegas, y finalmente en planes concretos para la construcción de un planeador especial que pudiera realizar tal vuelo. Después de varios años de labor por parte de Einar y varios colegas en aviación, Steve Fossett, que ya contaba con considerable fama de aventurero y entusiasta de la aviación, se enteró del proyecto y se puso en contacto con Einar, haciéndole saber su deseo de ser parte de esta nueva y fascinante empresa. Y de ahí en adelante, Einar y su equipo trabajaron para adaptar el planeador experimental que los llevaría a alturas extremas.

La nave que eligieron fue un Glaser-Dirks 505M, que fue originalmente diseñada con motor. Este fue extraído y en su lugar se colocaron dos vasijas que les proveerían de oxígeno durante varias horas de viaje en grandes altitudes. NASA, y más tarde la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, contribuyeron con trajes presurizados. Un técnico en instrumentación electrónica de NASA y mecánicos en aviónica contribuyeron incontables horas, días y meses de trabajo.

Paralelamente, varios meteorólogos trabajaron para encontrar la zona del globo donde las condiciones para realizar los vuelos necesarios para penetrar la estratosfera en un planeador fueran más favorables. Basados en estos estudios preliminares, el equipo se preparó para viajar al hemisferio sur donde los vientos invernales de Nueva Zelanda ofrecían promesa de éxito. Así fue que las pruebas de altitud se realizaron, durante el invierno de los años 2002, 2003 y 2004, en la tierra de los maoríes.

Mientras tanto, Einar, así como Steve y los meteorólogos siguieron estudiando los modelos meteorológicos, y un panorama distinto se hizo presente: el vórtice polar circulaba con su furia habitual, pero hasta latitudes más bajas, sobre territorio argentino, particularmente en el área de Ël Calafate, en la Patagonia, donde los vientos de superficie, esenciales para el Proyecto Perlan, también se agitaban promisoriamente. Se vio que en varias ocasiones ambos vientos coincidían, cosa que alentó a científico y aventurero a la decisión final: el equipo iría a esa localidad para hacer las pruebas.

En mayo de 2005 se puso el planeador y la instrumentación y herramientas necesarias para el trabajo en un contenedor en California. De ahí, partió a Houston por vía férrea, y seguidamente se despachó por barco a Buenos Aires. Del puerto salió en un camión camino a Patagonia, y llegó a El Calafate a fines de agosto. La Fuerza Aérea Argentina, a cargo de las operaciones aeronáuticas en el aeropuerto de El Calafate, prestó incontable e imprescindible ayuda al Proyecto Perlan. Especial mención se debe al Mayor Eduardo Lescano y a todo su personal, incluyendo a los operadores de torre, que se esforzaron por comunicarse en inglés con miembros del equipo y particularmente con los pilotos durante las horas de vuelo. También el equipo Perlan tiene una deuda de gratitud al personal de London Supply, la Policía de Seguridad Aeroportuaria, el Cuartel de Bomberos, la Prefectura Naval, la Municipalidad de El Calafate, y el Hangar del Aeroclub del Aeropuerto El Calafate.

Parte de agosto, todo septiembre y parte de octubre de 2005, los integrantes del equipo Perlan y los organismos citados arriba trabajaron incansablemente para sostener la operación de cinco vuelos del planeador. Aunque no alcanzaron su objetivo en las actividades de 2005, todos aprendieron mucho sobre las condiciones atmosféricas y las posibilidades de modificar ciertos acercamientos al vuelo. Volverían al año siguiente.

Y así fue. El 28 de agosto, el vuelo número 65 del Proyecto Perlan animó nuevamente a los pilotos. Aunque en ese vuelo no alcanzaron más que 33.000 pies, retomaron la confianza que el estudio de la meteorología del lugar durante el año anterior transcurrido les había dado, y decidieron que al día siguiente volarían nuevamente. El 29 de agosto, casi cinco horas después del despegue, aterrizaban en el aeropuerto de partida con el triunfo que el estudio, la perseverancia y la buena suerte les habían brindado. No sólo habían llegado a 15.447 metros (50,671 pies de altitud, sobrepasando el record de 49,009 pies establecido por Bob Harris en 1986 en la Sierra Nevada de California), si no que habían probado la conexión con el Vórtice Polar, hecho que nadie había logrado hasta entonces.

Las palabras de Einar, al aterrizar con Steve Fossett después del triunfo fueron memorables: “I’m really pleased that we proved that it was not a crackpot idea; that we could soar into the stratosphere, over the mountains, at high altitude in winter. I would’ve felt bad to have disappointed all the people that have put so much of themselves into helping us.” (Estoy contento que hemos probado que no era una idea descabellada; que pudimos volar hacia y en la estratosfera, sobre montañas, a gran altitud en invierno. Me hubiera sentido mal haber desilusionado a toda la gente que ha puesto tanto de sí misma para ayudarnos.)